20 de agosto de 2022

Lo mismo ayer y hoy caso Ayotzinapa puro humo


Hoy vamos a hablar del caso Ayotzinapa y la desaparición de los 43 normalistas. Los días de furia continúan. Los familiares pasaron su primera navidad sin sus hijos, los reclamos de justicia van de Iguala a Chilpancingo y al Distrito Federal. El reclamo es uno que la PGR investigue a la Policía Federal y a los miembros del ejército. El grito es clamor y ya una pesadilla para el gobierno federal que utiliza chivos expiatorios y humo 





Este artículo retrata lo que ha ocurrido en todos estos años. 

Las conclusiones presentadas por el presidente Andrés Manuel López Obrador a los padres de los normalistas desaparecidos pretenden ser el cierre político de la investigación del caso. Aunque el subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas, aclaró que eran preliminares, en la realidad ese acto solemne puso punto final a las tareas que durante cuatro años realizó la Comisión para la Verdad y Acceso a la Justicia del Caso Ayotzinapa. 

Excepto los funcionarios del gobierno federal, el resto de los asistentes al evento celebrado el pasado jueves 18 de agosto no había previsto lo que iba a ocurrir y tampoco conocieron el contenido de las conclusiones sino hasta el último momento. 

Para los familiares fue muy duro escuchar al primer mandatario decir que sus hijos estaban muertos. Aunque en su fuero interno lo supieran, es cosa muy distinta que el jefe del Estado haya pronunciado palabras tan definitivas. “Fueron arteramente ultimados y desaparecidos,” sentenció el subsecretario Encinas ese mismo día y por segunda vez los padres de los normalistas tuvieron que encajar la irreversible realidad. “Vivos se los llevaron,” pero ya no los podrán quererlos vivos cuando se los regresen. 

La autoridad dice contar con evidencia de que “al filo de las 22:45 del viernes 26 de septiembre de 2014 se dio la orden de desaparecer a los estudiantes.” También de que —a diferencia de “la verdad histórica” presentada en noviembre de 2014 por Jesús Murillo Karam, ex procurador de la República— los cuerpos de los estudiantes no fueron incinerados en el basurero de Cocula. 

Información reciente indicaría que los restos fueron a dar a diferentes sitios tales como la ribera del río Balsas y la Laguna del Nuevo Balsas, en Cocula, la barranca de Tonalapa, en Tepecoacuilco, la brecha de Lobos y un paraje en las cercanías de Iguala y Tepeguaje. ¿Cuáles son las pruebas que llevan a pronunciarse sobre la hora exacta en que ocurrió la orden de matarlos? ¿Cuáles indicarían el homicidio múltiple? ¿Cómo se conocieron las coordenadas donde habrían ido a dar los restos? ¿Qué elementos llevan a suponer que el grupo de los 43 fue dispersado en distintas direcciones? No es necedad exigir evidencia sólida, sino un acto de prudencia derivado de la experiencia anterior. 

El viernes 7 de noviembre de 2014 el ex procurador Murillo Karam ofreció una conferencia de prensa para pronunciar la conclusión política sobre la investigación del caso Ayotzinapa y presentó como evidencia un conjunto de declaraciones de distintos testigos narrando lo que ahora es cuestionado como una ficción: que los 43 estudiantes habrían sido conducidos a un basurero, que ahí les dispararon, que en el fondo de ese vertedero les incineraron y que en el río San Juan fueron arrojados sus restos. 

La prueba principal para sustentar aquella verdad histórica fue una serie de confesiones —más tarde se sabría— obtenidas mediante tortura. Se sumaron los restos óseos de uno de los normalistas, Alexander Mora, hallados en el río San Juan, mismos que, por las características del hallazgo, pudieron haber sido sembrados. Si hoy la autoridad presume que “la verdad histórica” fue una ficción es porque las pruebas presentadas por Murillo se cayeron en los tribunales. Es principalmente por esta razón que ayer fue imputado por la Fiscalía General de la República como autor de una tremenda fabricación. La única manera de no repetir el error de las pruebas sembradas, falsas, o bien, obtenidas mediante coacción contra los testigos, es asegurarse de que la nueva evidencia presumida por el presidente López Obrador y el subsecretario Encinas sea irrefutable. 

En la sesión de conclusiones los funcionarios del gobierno afirmaron contar con conversaciones telefónicas, vía chat, entre 35 personas que habrían participado en el secuestro, la desaparición y el asesinato de los muchachos. Gracias a esos textos rescatados de cinco dispositivos celulares se conoce la hora en que se ordenó darles muerte y también los destinos posibles donde sus restos habrían terminado. El problema surge cuando esta nueva evidencia podría ser tan endeble como la aportada hace casi ocho años. Primero, porque las intervenciones sobre esas comunicaciones privadas no fueron obtenidas mediante orden judicial y por tanto muy probablemente serán desechadas por los tribunales; segundo, porque no se presentaron acompañadas por exámenes periciales que confirmen su autenticidad; tercero, porque los expertos contratados por el gobierno para corroborar la veracidad de las pruebas conocieron ese material apenas el jueves pasado y; cuarto, porque esos textos no cuentan con la confirmación explicita de las personas que supuestamente los habrían redactado. 

En su día, los familiares de las victimas suplicaron a Jesús Murillo Karam que no cerrara la investigación hasta que el caso que iba a presentar ante los jueces fuese sólido y estuviese bien armado, pero no les hizo caso. El día de ayer el ex procurador fue detenido debido a que apresuró conclusiones porque al gobierno de Enrique Peña Nieto le urgía deshacerse de Ayotzinapa. 

Cabe imaginar el arrepentimiento que este ex funcionario carga hoy por haberse dejado presionar en sentido inverso al ritmo que la propia investigación exigía. Vivirá hasta el final de sus días con el estigma de haber sido, por omisión, cómplice de la desaparición de los normalistas y también de su eventual asesinato. Si de nuevo estamos ante pruebas débiles, cuya procedencia es dudosa y que no están acompañadas de otros elementos que las hagan verosímiles, los jueces volverán a desecharlas y el cierre político que presenciamos esta semana —incluida la escandalosa detención de Murillo— habrá confirmado que, como país, seguimos sin entender nada. 

La serpiente cambió de piel, pero continúa siendo la misma serpiente. 

 Es clave para corroborar o desestimar las pruebas presentadas que los expertos internacionales se pronuncien sin ambigüedad al respecto. Ciertamente llama la atención el silencio que han guardado desde el jueves pasado. 

@ricardomraphael 

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Fuentes: Diarios, revistas e internet

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